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Blancanieves‏

En una simple casa de una ciudad cualquiera vivía una remilgada solterona, Blanca. Alegre y vivaz como pocas, de esas que desprende luz y optimismo allá donde va. Todo lo contrario que su casera –la del piso de abajo--, una estirada malfollá’, precisamente, por culpa de Blanca. Todo esto viene de no hace mucho tiempo, cuando “la Reina” (así la llamaban en la comunidad) recibía constantemente la visita del vecino del 5º, un yogurín italiano de Erasmus.

Eran los amantes perfectos: ella, en una interpretación digna de Oscar, imitaba la liberal personalidad de Madame Bovary; él, simplemente la penetraba tan salvajemente que el golpeo del cabecero contra la pared del dormitorio rompía hasta los espejitos más pequeños en los que su “ama” se subía la moral.

Todo marchaba perfectamente en lo que era una relación fría como el hielo. Y al igual que el hielo, que quema, las sábanas ardían con la frotación de sus cuerpos desnudos. Hasta que apareció ella. El italiano, que siempre había estado encantado con su madurita apretada en silicona, veía en Blanca la perfecta donna angelicata. “Es la más hermosa de la urbanización” confesaba mirando fijamente a los ojos de la Reina. En gran parte tenía razón, era la más bella. Su pálida piel le recordaba a la coca; sus labios y mejillas rojas, a las luces de un puticlub; su negra cabellera, al cuarto oscuro donde puso a prueba su heterosexualidad.

Tras varios meses de maltrato psicológico por parte de la casera hacia su inquilina, se marchó del edificio. No era sólo por los continuos insultos de “vistes como una puta” o “guarra poligonera”, ni siquiera por las amenazas que recibía cada día por no tener la casa limpia. El motivo por el que cogió la maleta y se fue era porque no tenía un puto duro. Sin más. Debía el alquiler de todos los meses desde que llegó y la Reina no era como las otras caseras; a ella no la podría timar, tenía estudios de economía y derecho.

No muy lejos de la lujosa urbanización con piscina, gimnasio y pista de paddel, había un terreno con edificios a medio construir desde que explotó la burbuja inmobiliaria. Entró en el descampao’ y se fue a una casa donde no había nadie. Se echó a descansar en una de las camas hasta que fue sorprendida por 7 okupas. Al principio la quisieron rajar, pero cuando vieron que estaba tan jodida como ellos, se apiadaron de su nueva compañera de piso, a cambio, eso sí, de que les ayudase con el negocio. Ella se encargaba de cortar el cristal y la heroína. 

La Reina, con ganas aún de vengarse, ideó un plan día y noche. Lo intentó en tres ocasiones: la primera contrató toda una empresa de construcción para que fuesen a finalizar el edificio pero no funcionó, los perroflautas apedrearon a los obreros; la segunda consistía en una redada policial. Sorprendentemente, a pesar del estado físico de esos yonkis, a la hora de deshacerse de la droga eran más rápidos que Usain Bolt, incluso más que ciertos políticos rompiendo ordenadores y deshaciéndose de documentos. Así pues, tampoco funcionó. Pero llegó la tercera y última. La definitiva. La Reina se presentó acompañada de gente disfrazada con frac y mostrando una falsa citación del juez. Estaba acusada de evasión de impuestos, de tener capital en paraísos fiscales y de recibir dinero del gobierno iraní. 

Blanca se desmayó mientras la Reina dejaba escapar una maléfica carcajada. Sus amigos acudieron a socorrerla cuando se les pasó el colocón. Ninguno sabía que ocurría, y como de costumbre, cuando cualquiera de ellos estaba tirado en el suelo y con los ojos en blanco era que había muerto, pensaron que la había palmao’. Estaban en contra del sistema y de cualquier tradición (más aún si es religiosa) por lo que no le prepararon un entierro. Cogieron cartones meados por ratas y gatos callejeros, y la envolvieron como a un besugo en una pescadería. La dejaron en una esquinita del escampao’ hasta que se la comiese la mierda. 

El problema vino pocos días después, cuando el jefe de obra volvió a las andadas. Se presentó con todo su equipo y unos cuantos policías que, porra en mano, invitaron a dejar libre la urbanización. Los comunistas, antisistema, inmigrantes sirios o lo que coño fueran esos desarrapados, como vivían al margen de la sociedad, no se enteraron de que la crisis había acabado, que los brotes verdes de hace unos años se habían convertido en un frondoso bosque y ya podían volver a construir como si no hubiera un mañana.

Un albañil mientras inspeccionaba el terreno se topó con Blanca. El hombre, cuarentón, calvo, gordo y peludo, se conformaba con poco. Le bastaba cualquier cosa que tuviese agujero y que pudiese parecer una mujer. La cogió y, con disimulo, la metió al fondo de su furgoneta. Ya en su casa desenvolvió el paquete, le dio una duchita para evitar más ETS de las que ya tenía y, justo cuando iba a estrenarla como si de una muñeca hinchable se tratara, despertó. No fue un beso delicado de príncipe azul en la comisura de los labios que reflejase la ternura y cortesía con la que la amaría durante el resto de sus vidas. No. Se despertó de un salto cuando el obrero le lamía el coño después de haber comido alioli. No eran los labios acolchados de la boca, sino los finos y exquisitos (como los  de una pretty teen) de la vagina; ni transmitía el amor y la pasión de unos recién casados en luna de miel, simplemente era un sátiro que no follaba desde que pudo permitirse la tarifa de una rumana.

 

Sergio Mira
@Triskazo

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