Thechairoffame

24hs de cine

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Cenicienta s.XXI

Érase una vez, en una lujosa casa del barrio de Salamanca, vivía un matrimonio casado en pecado. Él viudo y ella divorciada decidieron empezar una nueva vida juntos, desde cero pero con tres niñas de por medio. Una, joven y bella; las otras, dos chonis regordetas de esas que se pintan la peca encima del labio, aunque en su caso no se les notaba por el bigote.

Mientras el padre malgastaba la mayor parte del tiempo en viajar a Nueva York para trabajar en la House Water Watch Cooper, la madrasta, muerta del asco por el aburrimiento que supone ser una mantenida, maltrataba a su hijastra.

No era nada personal, simplemente, aficiones de menopáusica en busca de hobbies para cuando su escort particular estuviese ocupado. Por ello, manipulaba a sus dos hijas para que participasen en este bullying.

Obedientes y comidas por la envidia, la obligaron a escuchar toda la discografía de Ylenia como tortura. Tras horas y horas de ‘Pégate’ en bucle, se rebeló. Al día siguiente, cuando las supernenas volvían del instituto más pijo de la periferia de la capital a eso de la una y media, la bella se apresuró en quitar la antena de la televisión. Sus hermanas, poseídas por el demonio del canismo, empezaron a expulsar bilis por la boca. Sufrían temblores y espasmos al ser conscientes de que no iban a poder ver ‘Mujeres y Hombres y Viceversa’. Teñidas de verde por la rabia, juraron, mientras se arrancaban el top, que eso no quedaría así.

Cuando estaba limpiando la cocina, la agarraron entre las dos y le tiraron en su nuevo vestido de Gucci las cenizas de los Ducados que fumaban a escondidas en la despensa. A partir de ese traumático momento, con motivo de mofa, la apodaron la Cenicienta.
Sola, aburrida, deprimida, con la regla, humillada, menospreciada, bulímica… hasta que por sorpresa, le llegó un whatsapp del RRPP del Palacio Real: “Tonight party hard in Zarzuela. Barra libre. Zona vip 12€. DJ Johnny Froilán”.

Al recibir la invitación, los labios de la joven formaron una leve parábola cóncava parecida a una sonrisa. Corriendo, fue a rogarle a la madrastra permiso. “¿Puedo ir…?”. “¡NO!”, gritó la vieja, “no has fregado los platos. Castigada”. La parábola se fue transformando en convexa y, los ojos que antes brillaban de ilusión y optimismo, ahora lo hacían por las lágrimas y el odio.

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Llegó la hora de la fiesta cuando su “falsa” familia ya se había marchado a Palacio. Lloraba al fregar los platos hasta que de repente, de golpe y pollazo, apareció frente a ella un hada con forma de la gota de Fairy para darle un consejo: “si nunca más quieres llorar, estos polvos mágicos deberás esnifar”. Así lo hizo.

Siguió en sus tareas de limpieza, pero poco después no pudo continuar. Los músculos se movían independientemente de lo que dictase el cerebro. Los movimientos cada vez eran más extravagantes; no había duda, le estaba dando el conocido síndrome de Paquirrín: la cabeza mezcla sin ton ni son el reggaetón, electro-latino y dance house.

Ante esta situación, no pudo más que mover la cadera al ritmo de la música, entrar al cuarto de sus hermanas, hacerse con sus extensiones un moño Amy Winehouse, y ponerse falda con taconazos de 10 cm. La falda, que más bien parecía una funda para los barriles de vino, le quedaba ancha; y los tacones, hechos para pies de hobbits, grandes. Aún así, encocá perdida, salió de cacería.

Se plantó en mitad del salón, bailando sola. Para solucionarlo, no dudó en tirarle caña a cualquier tío allí presente. Los más borrachos le seguían el juego durante un rato y, sin ella tener ni idea, se topó con el atractivo Rey.

Para ella, el tiempo pasaba rápido y distorsionado, pero para él, el tiempo se congeló. Ella no se percataba que tenía delante al príncipe azul, y él no quería fijarse que bailaba con una barriobajera drogodependiente. Tal era el panorama, que todos miraban extrañados como la Cenicienta frotaba sus culo en el paquete de Su Majestad mientras éste le susurraba al compás de la canción “dime si conmigo quiere’ ‘haser’ travesuras”.

Pili y Mili, al ver como su enemiga era la reina de la fiesta más popular de la noche, le echaron alguna mierda vomitiva en el gyntonic, la cual se disimulaba bastante bien entre la papaya y el pepino. No pasaron ni tres minutos cuando empezaba la primera arcada. Era inexperta en el bello arte del alcoholismo, pero eso no quitaba que como buena niña de papá fuera precavida. Antes de que la cosa empeorara, fue dando zancadas a los servicios de la planta de arriba, tropezando en la escalera por culpa de los zapatos de varias tallas más, perdiendo uno de ellos ahí mismo. El Rey acudió a recoger el zapato para devolvérselo cuando volviera, pero jamás regresó. Cuando echó la pota se marchó directamente a su casa por vergüenza. 

El enamorado de sangre azul juró por la Corona que la encontraría. Buscó y rebuscó por Facebook, Tinder y Badoo sin obtener resultados y, tras varias erratas e innecesarias citas a ciegas por culpa de los perfiles sin foto, dio con el modo de hacerlo: iría con el tacón perdido por todas las casas de las adolescentes que asistieron a la fiesta y, aquella a la que le encajase a la perfección, sería la próxima ocupante del trono de reina.

Probó en miles de candidatas, pero a ninguna le venía bien un 43. Hasta que llegó a la casa de la Cenicienta. El Rey, nada más ésta le abrió la puerta, se quedó pasmado por su belleza, estaba convencido de que sería ella. La madrastra y sus hijas se devoraban las uñas al ver como se disponía a calzarla. Todos cerraron los ojos, cada uno con un deseo aun sabiendo el desenlace y… Ups!
Las dos hermanas salieron a la carrera para sentarse en el sillón donde Cenicienta se maldecía. Sin ninguna ilusión pero sí con algo de miedo, le puso el zapato a las dos. El zapato se adaptaba hasta a los callos, así que, para ser imparcial y justo, elegiría a la que demostrase tener más cualidades dignas de una reina, como el estilo, la clase o la elegancia. Justo mientras pensaba en qué pruebas les iba a poner, una de ellas, autodescalificándose, eructó. Ya tenía prometida.

 

Sergio Mira
@Triskazo

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