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24hs de cine

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La bella durmiente

Un joven matrimonio disfruta del bautizo no deseado de su hija aún menos deseada. Fueron las abuelas las que les obligaron a celebrarlo para que su nieta no se viese sometida a una vida en pecado.

Como la pareja se acababa de mudar a una nueva casa, no tenían dinero para una gran ceremonia, así que se las apañaron para que el bar de la esquina a 9€ el menú pareciese un restaurante de lujo. Bajaron el sonido de la televisión, quitaron los servilleteros roñosos y oxidados, cambiaron el mantel de papel por uno de tela plastificada, y pusieron centros de flores en la mesa. Todo parecía fluir a la perfección hasta que entró la gitana del barrio. Pedía dinero sin ser consciente del gran acontecimiento histórico que estaba ocurriendo en el bar “La penúltima”, hasta que la madre del feto ‘digievolucionado’ a bebé la invitó a marcharse.

La gitana hacía como que no la entendía, lo que ponía más nerviosa a la madre, y poco a poco, piano piano, la discusión llevó al grito, del grito al enfado, y del enfado a la falta de respeto, en la que la anfitriona calificó de “iletrada” e “ignorante” a la pobre barriobajera. Ésta no pensó en callarse, llamándola “ruíz” y miserable y, por venganza, echó un mal de ojo contra su hija por el cual moriría siendo también una analfabeta.

- Mira que te juro por estas (besando las estampas de Vírgenes que llevaba al cuello) que su hija morirá d’un coma etílico antes de llegar al bachiller.

La madrina de la niña le rogó que no lo hiciera. Ella le dijo que el hechizo no se podía anular porque los cosmos ya habían empezado a actuar, pero que podría rebajar el efecto a cambio de que le comprase un paquete de kleenex de los que vende a pie de carretera cuando el semáforo se pone en rojo. Sin mediar palabra, sacó su monedero y le dio toda la chatarra. La croqueta andante que cubre el moho de su pelo con un mugriento velo dicta sentencia: “Te salvará’ de la muerte cuando un varón que no sea payo te rompa l’ himen y t’ haga sangrar como un cochino en la matanza.”

Los padres no sabían cómo afrontar esa situación. Probablemente eran los únicos padres de la historia que intentaban forzar a su hija para que follase (excepto Adán y Eva, que lo hacían por proseguir la especie). Eran tantas las dudas que incluso se plantearon que fuese el propio padre, Estéfano, quien hiciese los honores. Aunque él nunca se antepuso a esta idea, la madre se negó en rotundo, obligándose a sí misma y a su marido a algo mucho más arriesgado para la dignidad de su pequeña: cuando cumpla 16 años la mandarán a una de las fábricas de Telecinco diseñadas para idiotizar a los jóvenes. ‘La fábrica de la Tele’ creo que se llamaba. En esta fábrica, que realmente es una casa, viviría con otras tres amigas adolescentes con las que se formará para ser la tronista perfecta.

Tal fue así su necesidad, que el mismo día de su decimosexto aniversario, Rosa/Aurora (los padres nunca se pusieron de acuerdo en el nombre) fue enviada al “campamento”. Esa noche, para celebrar el cumpleaños, su nueva vida y amistades, salieron de fiesta a un macrobotellón en Gandía.

Rosa estaba entusiasmada y asustada por el nuevo mundo que se estaba construyendo a su alrededor. Todo era nuevo para su corta vida en cuanto a experiencias se refiere. Aún así, no iba a ser la típica niña recatadita que actúa con prudencia como esperaban sus padres (o al menos eso era lo que ella creía). Se desató la melena, tiró sus bragas y cogió el primer cubalitro que le pasaron.

No habían repetido todavía por tercera vez “La Gozadera” cuando ya tenían a un grupo de adolescentes de vertedero frotándose sobre las cuatro amigas. Rosa al principio no se sentía muy cómoda, pero fue hacerle efecto los primeros tragos de alcohol que tomaba en su vida, y su espíritu empezar a pedirle macarena. De la manada de hienas, sólo hubo uno que se la ofreció, el resto prefería rodearlos en corrito y reírse de ellos. Baile cutre. Besos cutres. Tocamientos cutres. Frases románticas cutres. Como conjunto, chico cutre. Pero si pájaro que vuela, a la cazuela; gitano que te agarra, a la cama.

Sobre esa filosofía se dejó influenciar, hasta que empezó a marearse. El cani gitano o mestizo, pero no payo, no parecía muy preocupado por el estado de salud de su conquista nocturna, así que continuó con sus meneos dignos de casting de ‘Fama’, incluso cuando Rosa cayó sobre el asfalto. Tuvieron que acudir sus amigas a quitárselo de encima y socorrerla. La sacaron como pudieron de las masas embriagadas hacia una avenida, donde pidieron un taxi para llevarla a casa. Una vez allí, la dejaron, sin hacer mucho ruido, en su cama.

Las tres supernenas, demostrando una fortaleza de acero y un ritmo de fiesta que ni el mismísimo Pitbull, volvieron a la verbena. Nada más llegar, las estaba esperando el sobrino de Los Chunguitos para preguntarle dónde se había ido Rosa. Sin mirarle a la cara ni dejar de mascar chicle le contestaron: “A su ‘kely’, pesao’.”

El pobre muchacho, acostumbrado a llevarse los peores golpes de la vida, no se rindió. Abrió el Tuenti y buscó su dirección. Él, sin ningún tipo de maldad, simplemente dejándose guiar por los impulsos de su corazón alcanzado por la flecha de Cupido, robó esa bicicleta con cestita de flores que parecía puesta en esa farola (atada con candado) por algún Dios, y fue hasta donde yacía en un profundo coma etílico su Julieta.

Sudado y colocado, dudaba frente a la puerta cuál de las 17 formas que le había enseñado su tío sobre cómo forzar una cerradura, era la mejor. Dentro de la casa, aprovechó que los padres de la Borracha Durmiente estaban sobados en el sofá, para ir a su habitación. Lentamente, se fue quitando la ropa mientras besaba a la futura difunta. Ésta, como era evidente, no respondía ante los estímulos, lo cual, el menor de los Gipsy King interpretó como que era paradita en el sexo y, por lo tanto, él tendría que poner más ahínco para que gimiese como una cerda en celo.

Todo iba bien hasta que llegó el momento de la penetración (a pelo). Las sábanas empezaron a mancharse de sangre y él, hasta que se le empaparon las pantorrillas y se percató, siguió empujando como si no hubiera un mañana ni un cabecero en la cama. La borracha empezó a brillar, el maquillaje de su cara volvió a su posición inicial y la sangre derramada por la pérdida del himen se transformó en pétalos de rosa. En definitiva, el retrato de Britney Spears en sus peores resacas, ahora se había transformado en una princesa de cuento de Disney.

 

Sergio Mira
@Triskazo

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