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La bella y la bestia

En un enorme castillo a las afueras de la ciudad, vivía un famoso youtuber. Era tan rico como nunca habría podido imaginar. Tenía millones de seguidores y, sobre todo, seguidoras, repartidos por todos los países hispanoparlantes. Poco a poco, conforme fue cambiando su fama, también cambió su personalidad. Lo que en su día fue un chaval majete y simpático, al ver su legión de followers, se transformó en un egocéntrico y prepotente macarrilla instagramer.

Su vida pasó de contar chistes desnudo mientras hacia una tortilla de patatas, a colgar fotos, desnudo o vestido, en las que hacia publicidad de marcas de ropa. Su gran pasión era fotografiar los platos que cenaba cada noche en un lujoso restaurante donde cocinaba el último concursante eliminado de Top Chef.

Un día cualquiera, justo en los 5 segundos que quedan libres entre el selfie en la taza del váter y el de la ducha, llamó a la puerta de su castillo una muchacha desconocida. Iba con un iPad y un tocho gordo de papeles y documentos en una carpeta. La joven poco agraciada le comentó que había triangulado su posición por los vídeos de Youtube usando el Google Maps, y todo, con el fin de regalarle un preservativo en el que salía su cara (de él). El efebo youtuber la despreció por su físico, después de que ella le hiciese una broma, diciendo que sólo lo podría usar con ella.

“Antes que follar contigo y usar ese condón prefiero coger el SIDA”.

La fan le tiró el preservativo a la cara y le advirtió que el karma se la devolvería; su chulería le llevaría a su ruina mediática sino hacía nada para remediarlo, y esa posibilidad de cambiarlo, acabaría cuando el condón caducase.

Así fue, “Principito” (así se llamaba su canal) perdió sus millones de seguidores a los pocos días. Su obsesión por la fama lo llevó a crear un nuevo canal, “elBestia”, el cual nunca recibió tantas visitas. Se dedicaba a subir, sin mostrar su cara, vídeos jugando al Minecraft.

Se había convertido en un friki pajillero, una víctima del onanismo compulsivo que hasta mea y come en su habitación, frente al ordenador, y se seca las manchas del café con el mismo rollo de papel higiénico con el que limpia el sudor de sus axilas y el semen de la silla de escritorio.

Cada vez se preocupaba menos por su físico. Hacía meses que no se duchaba ni afeitaba. Tenía pelo por todo el cuerpo, y los pequeños huecos donde no, estaban ocupados por granos con pus. Ni siquiera se esforzaba en ponerse las lentillas, así que usaba las gafas de culo de vaso que se ponía en el colegio y, por las cuales, sus compañeros le hacían bullying.

Paralelamente al trágico rumbo que había tomado la vida de elBestia, en el centro de la ciudad, vivía un padre con su hija. El padre era un líder político que estaba en su momento de esplendor profesional. La hija, conocida en su instituto como Bella, es una pretty teen girl que soñaba con estudiar medicina para ir a África a ayudar a los más necesitados. Bella era una chica recatada a la que los hombres no le interesaban mucho. Únicamente quedaba con un compañero de clase una vez al mes, para desahogarse sexualmente. Él insistía en buscar algo más, pero Bella veía en él sólo un cuerpo machacado en horas de gimnasio con tal de ocultar su cerebro poco cultivado.

Las respectivas historias dejaron de ser paralelas y se cruzaron “en la nube”. ElBestia hackeó el ordenador de su padre, adueñándose de varios archivos comprometedores para él y su partido. El padre acudió al castillo de elBestia y, tras varias suplicas e intentos de soborno, no consiguió nada.

Bella se fijó en la preocupación que sentía su padre, por lo que le preguntó qué pasaba. Le contó que si esos archivos salían a la luz sería el fin de su carrera y la de todos sus compañeros. Bella se enteró de quién era el hacker que tenía cogido por los huevos a su padre y fue a su casa a intentar remediarlo. Sabía que siendo ella como es, y siendo elBestia como es, lo tendría en el bote. Le bastaría con enseñarle la tira del tanga para que el pajero hiciese todo lo que ella le pidiera y, cuando tocase entrar en materia, irse con los documentos.

Llegó a su casa, tapada con una gabardina y lencería fina. ElBestia se mostraba conforme a todo, ya que era la ocasión perfecta para romper el maleficio. Mientras él iba al baño a asearse para jugar con Bella, ella se coló en su cuarto para eliminar todo lo relacionado con su padre. La sorpresa vino cuando vio en el ordenador fotos de ella desnuda y un vídeo junto a su follamigo del instituto. Al lado de la torre se escondía una cajita; en su interior se encontraba el condón, al que le quedaban apenas un par de semanas para caducar. El friki la pilló in fraganti y ella no dudó en salir corriendo.

En el ascensor le mandó un whatsapp a su compañero para avisarle de lo ocurrido. Nada más salir del portal, una manada de canis hambrientos la perseguían. Finalmente, la atraparon en un callejón. Entre preguntas de si tenía un euro o si le daba su Instagram, le iban bajando las bragas. Se la fueron pasando de uno a otro y, justo cuando le tocaba turno al que más grande la tenía, llego elBestia para rescatarla. Los canis huyeron despavoridos y el héroe, llevó a su castillo a la malherida y bienfollá’.

Cuando Bella despertó, supo ver en los cuidados de elBestia su bondad. La trataba con mucho más amor que cualquier otro hombre y, como recompensa, aceptó poner fin al maleficio que sufría. Eso sí, sólo si él se lavaba los dientes y eliminaba las fotos de Bella y los documentos de su padre.

En eso que se está cepillando los piños, llega el follamigo, histérico, gritándole que borrase el vídeo inmediatamente, a lo que Bella le calmó diciendo que ya lo había hecho.

“Esto es una cosa de hombres, princesa. No te metas” le decía con chulería y un poquito de machismo su compañero de cama. El muchacho tenía tal ímpetu que corrió hasta el lavabo, donde amenazó, sin ningún tipo de miramiento, a elBestia. Bella pegó la oreja a la puerta para enterarse de lo que ocurría y, para su sorpresa, no estaba obligándole a deshacerse del vídeo porno, sino que estaba suplicando entre sollozos que no se tirase a Bella, que él llevaba años, desde la ESO, enamorado de ella. Con todo el talante que podía atesorar una persona tan despreciable como elBestia, se lo explicó. Le explicó la especie de conjuro que le había hecho una fea por ser borde y, que si no metía en caliente el preservativo antes de que caducase, no volvería a follar jamás.

“Y además, es que está muy buena, tío. Lo siento.” Sentenció mientras se bajaba los pantalones.

Pasaron la velada de la manera más romántica que encontraron. Después de cada corrida (fuera, porque el único condón que tenían era el del conjuro) elBestia perdía uno de sus rasgos que le hacían parecerse a un animal, hasta convertirse a la mañana siguiente, de nuevo, en un efebo “principito”.

Sergio Mira
@Triskazo

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